Cuantos más dispositivos, más puertas que controlar
Ordenador, televisión, tablet, consola... Cada dispositivo conectado tiene sus propios controles. Por qué simplificar también puede ser una forma de proteger.
El ordenador no era el único problema
En el artículo anterior terminé haciéndome una pregunta bastante sencilla: ¿cuántos dispositivos necesitábamos realmente tener conectados?
Hasta ese momento yo había pensado sobre todo en el ordenador. Era el lugar evidente para navegar, buscar cosas, jugar o ver vídeos.
Pero un día haces mentalmente la lista de aparatos que hay en casa y la cosa cambia bastante.
Ordenador. Tablet. Televisión. Consola. Fire TV…
Y entonces pensé: un momento, si estoy intentando controlar Internet solo desde el ordenador, me estoy dejando media casa fuera.
No porque todos esos dispositivos se utilicen igual, sino porque casi todos tienen alguna forma de conectarse, instalar aplicaciones, abrir contenidos o acceder a servicios online.
Y cada uno viene con su propio pequeño manual de instrucciones. Bueno, en realidad con un manual que probablemente ninguno vamos a leer.

Cuando empiezas a contar ordenador, televisión, consola, tablet, móvil… descubres que cada dispositivo es un pequeño mundo.
Cada aparato tiene sus propias reglas
Aquí apareció uno de los primeros problemas prácticos.
El control parental del ordenador no tiene nada que ver con el de la televisión. La consola tiene el suyo. Algunas aplicaciones tienen controles propios. Otras dependen de la cuenta del usuario. Y a veces un mismo dispositivo tiene varias capas distintas de configuración.
Configuras una cosa aquí, otra allí, un PIN en otro sitio, una cuenta infantil en otro…
Y llega un momento en el que empiezas a preguntarte si estás protegiendo Internet o preparando una oposición.
La cuestión es que cada dispositivo nuevo añade algo más que tenemos que entender y mantener.
En ciberseguridad existe un concepto llamado superficie de ataque. Suena bastante más serio de lo que necesitamos para una casa, pero la idea me resulta muy útil:
Cuantas más puertas tenemos abiertas, más puertas tenemos que controlar.
No hace falta saber nada de seguridad informática para entenderlo.
La televisión me dio una buena lección
En casa tuve un ejemplo bastante curioso con la televisión.
Había configurado un control para que determinadas funciones necesitaran usuario y contraseña.
Lo configuré. Lo probé. Funcionaba.
Perfecto. Una cosa menos.
Hasta que un día vi a mi hijo jugando online desde la propia televisión.
Mi primera reacción fue bastante lógica: ¿pero esto no estaba bloqueado?
Lo estaba.
Al menos por el camino que yo había probado.
Observando cómo había llegado hasta allí descubrí que había accedido desde otra parte del sistema y, por ese recorrido, la televisión no pedía la contraseña.
No había hackeado nada. No había descubierto una vulnerabilidad digna de una película. Simplemente había ido pulsando, entrando por sitios diferentes y había encontrado otro camino.
Yo había comprobado la puerta principal.
Él había encontrado una lateral.
Y aquello me hizo pensar que quizá estaba enfocando mal el problema.
No quería convertirme en vigilante de cada aparato
Podría haber empezado a buscar todos los posibles caminos de la televisión. Después hacer lo mismo con la consola. Después con la tablet. Después con cada aplicación.
Pero aquello tenía poco sentido.
Primero porque sería agotador.
Y segundo porque los dispositivos cambian. Se actualizan, aparecen funciones nuevas, las aplicaciones modifican sus menús y lo que hoy funciona de una manera dentro de seis meses puede funcionar de otra.
Así que la conclusión que saqué no fue tengo que controlarlo todo mejor.
Fue bastante más sencilla:
Si un dispositivo no necesita tener acceso libre a Internet, quizá lo más fácil sea no dárselo.
Esto no significa quitar dispositivos ni convertir la casa en 1995.
Significa decidir qué papel queremos que tenga cada uno.
¿Para qué necesitamos realmente cada dispositivo?
Empecé a hacerme esa pregunta con los aparatos que utilizaba mi hijo.
¿Para qué necesita la televisión? Principalmente para ver determinadas plataformas y contenidos. Entonces no tiene por qué convertirse también en un navegador abierto a Internet.
¿Y la consola? Para jugar. Algunas funciones online pueden tener sentido y otras quizá no todavía.
¿El ordenador? Ahí sí necesitábamos más posibilidades: estudiar, jugar, navegar, hacer trabajos… Por tanto, merecía la pena dedicar más tiempo a configurarlo bien.
¿Una tablet que apenas utilizaba? Quizá no necesitaba estar disponible permanentemente.
No hay una lista correcta para todas las familias. En otra casa las necesidades serán completamente distintas.
Lo que cambió para mí fue la pregunta.
Antes pensaba:
¿Qué control parental pongo en este dispositivo?
Después empecé a preguntarme:
¿Necesitamos realmente que este dispositivo tenga todas estas posibilidades?
Parece una diferencia pequeña, pero simplifica bastante las cosas.

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de ir paso a paso y ajustar lo que realmente necesita cada dispositivo.
Menos dispositivos también significa menos mantenimiento
Hay otra ventaja que al principio no había tenido en cuenta.
Los controles parentales no se configuran una vez y desaparecen de nuestra vida.
Hay actualizaciones. Nuevas aplicaciones. Cambios de cuenta. Dispositivos que se sustituyen. Servicios que incorporan funciones nuevas.
Cuantos más aparatos tengamos con acceso amplio a Internet, más configuraciones tendremos que recordar y revisar.
Y aquí vuelvo a mi experiencia profesional, pero sin necesidad de convertir esto en una clase de ciberseguridad.
En una empresa intentamos reducir aquello que no necesitamos tener expuesto. No porque pensemos que todo va a fallar, sino porque lo que no necesitamos mantener tampoco puede darnos tantos problemas.
En casa empecé a aplicar una versión bastante más sencilla de esa misma idea.
Menos puertas abiertas. Menos cosas que revisar.
Esto no significa que los controles no funcionen
Me parece importante decirlo porque, contando los pequeños agujeros que fui encontrando, podría parecer justo lo contrario.
Los controles parentales sí ayudan.
Un horario puede evitar que un dispositivo se utilice de madrugada. Un PIN puede impedir muchos accesos. Una cuenta infantil limita determinadas acciones. Un filtro puede bloquear una enorme cantidad de contenido que no queremos que aparezca.
Cada una de esas medidas reduce posibilidades.
Lo que fui aprendiendo es que reducir el riesgo no es lo mismo que eliminarlo.
Y no pasa nada.
No necesitamos crear un sistema imposible de saltar. Necesitamos uno que sea razonable para la edad de nuestros hijos, que podamos mantener y que vaya acompañado de normas y conversación.

La tecnología también suma. Bien utilizada puede servir para aprender, crear, jugar y comunicarse. La cuestión está en encontrar el equilibrio.
La casa empezó a parecerme más sencilla
Cuando empecé a decidir qué dispositivos necesitaban realmente acceso y para qué, el problema dejó de parecerme tan enorme.
Ya no tenía que intentar proteger absolutamente todo de la misma manera.
Algunos aparatos podían tener un uso mucho más limitado. Otros necesitaban controles específicos. Y unos pocos requerían más libertad porque realmente los utilizábamos para muchas cosas.
Esa clasificación tan sencilla me ayudó bastante.
Y me llevó a la siguiente pregunta.
Aunque cada dispositivo siguiera teniendo sus propios controles, casi todos compartían algo: cuando estaban en casa, salían a Internet por la misma conexión.
Así que pensé: si estoy poniendo pequeñas cerraduras en cada aparato, ¿puedo poner también alguna protección en la puerta por la que salen todos?
Esa puerta era el router.
Y ahí empezó la siguiente parte del proyecto.